La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario. Año I

Fiesta de Santa Laura Montoya, virgen y fundadora
Primera santa colombiana

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (4,20-25):

 

Ante la promesa de Dios Abrahán no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual le valió la justificación. Y no sólo por él está escrito: «Le valió», sino también por nosotros, a quienes nos valdrá si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

Palabra de Dios

Salmo

Lc 1,69-70.71-72.73-75

 

R/. Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado a su pueblo

Nos ha suscitado una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas. R/.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. R/.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

 

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»
Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»
Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: «¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.» Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.» Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?» Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
Lunes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario. Año I.

La paternidad espiritual de Abraham tiene como consecuencia el hecho de que sus «hijos», o sea, los que imitan su fe, también son rehabilitados por la misma causa y del mismo modo que él. La fe del patriarca se manifiesta en su invencible confianza en Dios; no vaciló un solo momento. La evidencia física y biológica no mostraban como razonable dicha promesa, ni como realizable una esperanza fundada en ella. No obstante, Abraham decidió creerle a Dios y esperar cuando, humanamente, no había argumentos favorables para esa esperanza.
La fe aparece así en tres aspectos complementarios:
a). Confiar en Dios, es decir, darle crédito, apoyarse personalmente en él como en un amigo. Esta confianza entraña la actitud de respuesta favorable a su propuesta de amistad (alianza).
b) Fiarse de Dios, es decir, dar pleno crédito a sus buenas intenciones. Dios es fiable porque es leal y no manifiesta interés alguno, sino total generosidad; ofrece a cambio de nada.
c) Admitir que Dios es veraz y capaz, es decir, que promete algo cierto y que puede cumplirlo. Abraham reconoce la capacidad de Dios, y en ella se apoya para admitir su veracidad.
La fe de Abraham no se refiere, pues, a la «existencia» de Dios, sino a Dios mismo.

Rom 4,19b-25.
La promesa de Dios consiste en el don de la vida en condiciones humanamente imposibles. Es decir, lo que Dios promete es imposible para Abraham, está fuera de su alcance, pero él no generaliza su incapacidad, se abre a otra posibilidad, la de que lo que es imposible para él sea posible para Dios. Ante esa imposibilidad aparente, la reacción del patriarca consiste en:
• Fiarse plenamente de Dios, «la incredulidad no lo hizo vacilar» (μὴ ἀσθενήσας τῇ πίστει: no se debilitó en la fe); al comparar la promesa de Dios con sus propias posibilidades, se reforzó.
• Reconocer la fidelidad de Dios. El semitismo «dar gloria a Dios» significa «darle la razón a Dios», o «reconocer que Dios dice la verdad», o «reconocer que Dios tiene la razón».
• Aceptar que Dios es capaz de cumplir lo que promete. No se trata aquí del «poder» de Dios, sino de su fuerza de vida (δυνατός ἐστιν), esta es tal, que la promesa no le queda grande.
Precisamente, gracias a esa fe-confianza absoluta Dios lo «rehabilitó», es decir, lo hizo justo, o apto a sus ojos para heredar la vida. Dios anuló su pasado de idolatría y de pecado (cf. Rm 1,19: «impiedad e injusticia»), de cuando vivía en Ur de Caldea. Y lo hizo únicamente por la fe del patriarca. Todavía no existía la Ley. La fe consiste en una apertura confiada a Dios que permite su actuación, es decir, su autocomunicación para transmitir su propia vida. Esta vida es el Espíritu –santo y santificador– que configura al ser humano según el designio de Dios.
La figura de Abraham es «ejemplar», paradigmática. La obra que Dios realizó en él por su fe es la misma obra que realiza en todos los «hijos» de Abraham, es decir, en los que lo imitan dándole su adhesión a Dios. Así que esta rehabilitación de Abraham queda abierta como una posibilidad ofrecida a todos los que se fíen de Dios, le den gloria y se acojan a su promesa, particularmente los seguidores de Jesús.
La promesa que Abraham recibió esperaba de él una respuesta afirmativa ante lo que parecía humanamente imposible: espera el florecimiento de la vida cuando ya no había esperanza de vida. Pero Abraham estaba vivo, y Sara también, aunque sus posibilidades de engendrar y de concebir un hijo fueran nulas. La fe de Abraham implicó un enorme salto de confianza.
Al resucitar a Jesucristo de la muerte, Dios se reveló como Padre (Dios de la vida) con mayor amplitud y profundidad: es capaz de salvar la vida no sólo en situación desesperada (peligro de muerte), sino cuando se ha perdido toda esperanza (después de la muerte). Por tanto, esa misma potencia de vida que Dios manifestó en la resurrección del Señor Jesús puede cancelar el pasado idólatra y pecador de cualquier ser humano –judío o pagano–, acción que se sitúa entre la promesa que creyó Abraham y el cumplimiento que se dio en el Señor Jesús.
Por eso, quienes le damos fe al Padre que resucitó a Jesús de la muerte somos imitadores («hijos») de Abraham y, por lo mismo, participamos de la misma aprobación, es decir, somos «rehabilitados» por la fe. Vale también para nosotros lo que se dijo de Abraham: Dios cancela nuestro pasado de idolatría y de pecado. Y esa fe es la base firme en la cual se fundamentan:
• La seguridad de que estamos perdonados por el amor universal, gratuito y fiel de Dios.
• El hecho de la comunicación del Espíritu de vida, que nos une al Padre a través del Hijo.
• La esperanza de vida indestructible que vamos a recibir como herencia del Padre.
El vínculo entre la rehabilitación por la fe y la resurrección del Señor Jesús lo constituye, por un lado, el amor del Padre, que es liberador (rescata de la idolatría y cancela el pecado) tanto como salvador (infunde vida nueva); y, por el otro, y en concreto, el don del Espíritu Santo, que es la raíz profunda de la libertad cristiana y de la nueva vida, y arras de la herencia eterna. La promesa hecha a Abraham tenía un alcance inimaginable para el patriarca; Si Dios no se lo reveló en toda su magnitud desde el principio fue por pura pedagogía divina, pero es claro que el desarrollo de la comprensión de la misma es coherente.
 
A menudo se confunde la fe con el mensaje de la fe. Y muchos piensan que tienen fe porque están informados del contenido del mensaje y lo consideran razonable. Reducen la fe a una operación de carácter intelectual. Conocer el mensaje es importante, pero no suficiente. La adhesión al mensaje sin la adhesión a la persona puede convertir el mensaje en una ideología.
Hay quienes piensan que sus dudas sobre el mensaje de la fe equivalen a crisis de fe, cuando, en realidad, se trata de buscar o encontrar la forma de entender o de explicar el mensaje. Hay también quienes consideran crisis de fe sus dudas sobre el «poder» de Dios.
La fe es, ante todo, una adhesión de persona a persona. Y la fe cristiana es adhesión a Dios mediante la adhesión a Jesucristo (cf. Jn 14,1). Esta adhesión nos lleva a aceptar a Dios como Jesús nos lo presenta: como el Padre que, por amor, nos da una vida nueva (el Espíritu Santo) a quienes nos adherimos a Jesús como amigos mediante el compromiso con su obra y por la fidelidad a su mensaje (cf. Jn 15,13-15). La verdadera crisis de fe se dará cuando se le retire dicha adhesión al Señor por dudar de su amor o por sustituirlo por otro valor.
Cada vez que comemos del pan que es su Cuerpo y bebemos de su Sangre hacemos profesión pública de esa fe y renovamos la gracia de nuestra salvación hasta que él venga en su gloria.
Feliz lunes.

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