La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Solemnidad de Jesucristo, rey del universo

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel (5,1-3):

En aquellos días, todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebron y le dijeron:
«Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. Por su parte, el Señor te ha dicho: “Tú pastorearás a mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”».
Los ancianos de Israel vinieron a ver al rey en Hebrón. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 121,1-2.4-5

R/. Vamos alegres a la casa del Señor.

V/. Qué alegría cuando me dijeron:
¡«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R/.

V/. Allá suben las tribus, las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,12-20):

Hermanos:
Demos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
Él es imagen del Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque en él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones,
Principados y Potestades;
todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo,
y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43):

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero:
«Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:
«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».
Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo:
«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
El último domingo del año litúrgico celebra a Jesús como rey. Esta afirmación requiere de una apropiada comprensión. Hay que entender en qué consiste esa realeza de Jesús, y qué tiene que ver su reinado con el de Dios. En los evangelios se advierte la diferenciación entre el tiempo presente y el tiempo futuro, y Mateo diferencia con claridad el reino del Hijo del Hombre del reino de su Padre (13,41.43).
En «el tiempo presente», antes de la muerte, se manifiesta Jesús como un ser histórico que realiza la presencia de Dios, y luego, a través de la Iglesia, que es su «cuerpo», prolonga esa presencia en la historia. Reinar, para él, consiste en servir, no en mandar. Su servicio es liberador, por eso se solidariza con los excluidos de la tierra para dignificarlos; también es salvador, por eso convoca a formar parte de una comunidad de vida.
En «el tiempo futuro», después de la muerte, Dios Padre lo es todo en todos, en el sentido de que su Espíritu es la única vida que anima a todos, y su reinado consiste en hacernos sus hijos, herederos de su gloria, eternamente felices.
El reinado de Jesús se realiza en la historia, y es la primera etapa del reinado de Dios. El reinado del Padre se realiza más allá de la historia, y es definitivo.
 
Lc 23,35-43.
El «trono» desde el cual reina Jesús es la cruz. Esto significa varias cosas a la vez:
• Jesús reina desde el cadalso destinado a los «malhechores» (κακούργοι) y a los esclavos (δοῦλοι) rebeldes, es decir, desde el lugar en donde son condenados los excluidos.
• Jesús reina precisamente cuando es considerado un «malhechor rebelde» por el poder político, y un «maldito de Dios» por el poder religioso.
• Jesús no reina por poder, sino por amor; no reina eliminando a sus enemigos, sino entregando su vida por amor a todos, tanto por los amigos como por los enemigos.
A partir de la relación de «los hombres» con los reyes paganos (cf. Lc 22,25), y en total contraste con el reinado de Jesús, Lucas describe las actitudes de los siguientes actores:
1. Los sometidos al poder.
El pueblo asume una postura pasiva, sumisa, incapaz de discernir; y acepta de manera acrítica la legitimidad de un poder que mata la vida y hasta la aspiración a vivir. El evangelista lo describe como los «mirones» (cf. 14,29), que se burlan del que no fue capaz de culminar lo que se propuso. A su juicio, Jesús es el «malhechor» rebelde presentado por la propaganda oficial y que fracasó ante el aplastante poder de los dirigentes. Ese pueblo no se interroga si hay razones o si hay derecho para tratar así a un ser humano. Presencia la ejecución de Jesús como quien asiste a un «espectáculo» público (v. 28) completamente legal.
Los sumos sacerdotes y los jefes se aseguraron de que el pueblo pensara respecto de Jesús lo que ellos pensaban, y que sintiera por él el mismo odio que ellos le tenían. La pasividad del pueblo es una muestra evidente del control que ese poder despótico ejercía sobre la sociedad.
2. Los que detentan el poder.
• Los dirigentes judíos se apoyan en su pretendido prestigio, en la aureola de su saber teológico. Se supone que ellos conocen a Dios mejor que ninguno, y ponen en duda la misión divina y la condición salvadora de Jesús porque no se defiende de ellos. Según ellos, Jesús se ha presentado como «el Mesías de Dios», siendo que él rehusó ese título (cf. Lc 9,20-21); o como «el Elegido», título dado al pueblo por el profeta (cf. Isa 42,1; 43,20; 45,4), es decir, lo acusan de usurpador.
• Los soldados romanos, inconscientes y carentes de juicio propio, abusan de su superioridad física para torturar con saña al crucificado –«se burlaban de él y le ofrecían vinagre»– y proceden de acuerdo a la manera de pensar de sus propios jefes, los dirigentes paganos (cf. Lc 22,25). Ellos no respetan a un rey que no se salvaguarda con los mismos recursos violentos a los que estaban habituados, por eso, sus burlas tienen un marcado acento de desprecio. No han entendido que se están burlando de su propio ideal de rey –del rey que respetan–, no del que Jesús encarna.
Los dirigentes judíos y los soldados romanos coinciden en su ideal político y tienen el mismo concepto de rey; y coinciden también en su concepto de salvación, que es asegurar la propia vida. Solo difieren en los mezquinos intereses que cada uno defiende.
3. Los rebeldes ante el poder.
Los excluidos de esa sociedad arbitraria e injusta se diversifican en dos grupos:
• Unos, representados por el malhechor que insultaba a Jesús, asimilando también la propaganda del régimen, legitiman ese régimen, aceptando sus mentiras y reproduciendo su violencia. Sus palabras son un eco acrítico de las burlas de los dirigentes judíos y de los soldados romanos. Son los oprimidos que rechazan a Jesús porque no se muestra tanto o más violento que sus verdugos.
• Otros, representados por el malhechor que le suplicaba a Jesús, más sensibles a consideraciones humanitarias («este… no ha hecho nada malo»), aunque le reconocen vagamente legitimidad al régimen («lo nuestro es justo»), se distancian del mismo porque perciben su injusticia. Son los oprimidos que reconocen la justicia de Jesús, se convierten a él y se acogen a su reinado.
Este último malhechor no alega inocencia, reconoce su culpa y pide clemencia. Pero tiene juicio crítico, y percibe que un régimen que condene a morir de manera tan atroz a un inocente, aunque invoque a Dios, como los dirigentes del pueblo, y se ampare en la legalidad, como los soldados romanos, no puede ser un reino justo. El hecho de buscar en Jesús, crucificado como él, acogida generosa y rehabilitación gratuita es justamente la fe que se necesita para entrar en el reino de Jesús y, por medio de él, en el reino del Padre («el paraíso»).
 
La realeza de Jesús no es un título honorífico mundano. No consiste en cierta clase de distinción que le otorgue superioridad sobre los demás. Su dignidad real radica en su condición de Hijo, igual a su Padre en lo que es y en lo que hace.
El reinado de Jesús no es un espectáculo pomposo, un derroche de lujo insultante y humillante, alardes de poder absoluto, para someter a otros. Él reina como su Padre, dando vida, entregando su vida para que otros obtengan vida.
El reino de Jesús no es un pueblo de sometidos, envilecidos por el temor, privados de la libertad y la alegría. Su reino es el ámbito en donde los seres humanos gozan de dilatada libertad interior y exterior, porque todos son señores, gracias a que el Espíritu Santo los hace partícipes del señorío de su rey.
¡Al que hizo de nosotros linaje real y sacerdotes para Dios su Padre, y nos llamó a su lado para que reinemos sobre la tierra, a Jesús, que nos ungió con su Espíritu de amor y nos constituyó benefactores de la humanidad, a él gloria y alabanza por los siglos de los siglos! (cf. Ap 4,9-10).
Feliz día del Señor.


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