La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado porwww.diocesisdesincelejo.org)

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la profecía de Amós (6,1a.4-7):

Esto dice el Señor omnipotente:
«¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion,
confiados en la montaña de Samaría!
Se acuestan en lechos de marfil,
se arrellanan en sus divanes,
comen corderos del rebaño y terneros del establo;
tartamudean como insensatos
e inventan como David instrumentos musicales;
beben el vino en elegantes copas,
se ungen con el mejor de los aceites
pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José.
Por eso irán al destierro,
a la cabeza de los deportados,
y se acabará la orgía de los disolutos».
Palabra de Dios

Salmo

Sal 145,7.8-9a.9bc-10

R/.
Aleluya

V/. El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

V/. El Señor abre los ojos al ciego,
Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R/.

V/. Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (6,11-16):

Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.
Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos.
Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que, en el tiempo apropiado, mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.
A él honor y poder eterno. Amén.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
Además del mensaje propio de la parábola, este texto muestra la capacidad que tiene Jesús para adaptarse a su auditorio, y de paso da a conocer la mentalidad farisaica. Ya había quedado claro que la oposición de los fariseos a su apertura con respecto de los publicanos y de los pecadores radica en que los fariseos «son amigos del dinero» (Lc 16,14) y, por eso, rivales de los publicanos. Pero ahora Jesús los caracteriza mejor, porque en la parábola se acomoda a su mentalidad y les habla en sus términos. En efecto:
• En tanto Jesús habla del «mundo futuro» para los «hijos de Dios» (Lc 20,35s), o del «paraíso» en las manos del Padre (cf. Lc 23,43.46), los fariseos hablan del «seno de Abraham» y de los hijos de Abraham (cf. Lc 16,22.25).
• En tanto Jesús considera que el reino y su dicha comienzan en esta historia (cf. Lc 6,20-23), y así mismo la desdicha de los que ponen su confianza en las riquezas (cf. Lc 6,24-26), los fariseos difieren esa retribución para después de la muerte (cf. Lc 16,25).
• En tanto Jesús presenta la muerte de los justos como preñada de una promesa de resurrección (cf. Lc 14,14), la muerte del que pone su confianza en la riqueza es como reclamarle la vida (cf. Lc 12,20) para su frustración definitiva (cf. Lc 13,28).
En definitiva, la parábola no ilustra la concepción que Jesús tiene del destino final del hombre, sino la clara percepción que él tiene de la mentalidad farisea al respecto.
 
Lc 16,19-31.
La parábola presenta en tres actos el drama del que pone su confianza en la riqueza: La vida, la muerte, y el destino final, y lo contrasta con el de aquel que solo cuenta con la ayuda de Dios.
1. La vida.
Jesús muestra al rico como un ser solitario, encerrado en sí mismo y desentendido de los demás. Su vida es lujosa («vestía de púrpura y lino») y regalada («banqueteaba ostentosamente todos los días»); su convivencia es inexistente: no se mencionan comensales ni servidores en sus banquetes; sus días transcurren como un festejo del egoísmo, no tiene invitados al banquete de la vida. El contraste entre el carácter ostentoso del diario banquete y su índole privada y exclusiva remite a la figura del magistrado que no advertía la estridente discrepancia entre sus muchas riquezas y la penuria de sus vecinos (cf. Lc 18,22-23).
A su lado, sin que él se dé por entendido, padece un pobre de nombre «Lázaro», que significa «Dios ayuda», llagoso y hambriento, al cual los perros, animales que eran considerados impuros, le muestran más compasión y le prodigan algún cuidado. El hecho de que el pobre tenga nombre y el rico carezca de él sugiere una inversión del orden establecido, ya que en el mundo es común que el acaudalado tenga nombre y renombre, en tanto que el desposeído es un N. N.; pero, ante todo, ese hecho constituye una advertencia: ese apego a la riqueza despersonaliza.
2. La muerte.
Como era de esperar a causa de sus privaciones, muere primero el pobre, y su cortejo fúnebre lo conforman ángeles que lo llevan al sitial de honor que todo israelita sueña, según los fariseos: «al lado de Abraham». La escena se presenta como un banquete en el cual Lázaro, finalmente como hombre libre, es «reclinado» como invitado de honor junto a Abraham. Esta asignación de lugar se la dan «los ángeles», mensajeros de Dios. El cuadro que se insinúa es alegre y festivo.
Muere después del «rico», y su irrelevante cortejo fúnebre simplemente lo sepulta. La muerte del «rico» resulta un hecho intrascendente que es reportado de forma escueta, casi de pasada, como algo que carece de importancia.
Las dos muertes se diferencian en otro rasgo, el de la dirección que siguen los dos muertos: los ángeles evocan el mundo «superior», de arriba; la sepultura, el mundo «inferior», de abajo.
3. El destino final.
El rico (fariseo) reconoce como «padre» (o sea, modelo) a Abraham, y ve a Lázaro como alguien que puede hacer algo por él. Pero ya es tarde. Según lo que los mismos fariseos enseñaban, ya se le acabó la buena vida, y a Lázaro la mala; ahora –siempre según los fariseos– viene la inversión de papeles. Y, además, el muro de indiferencia e insolidaridad que el rico construyó, y que nunca derribó, permanece como barrera infranqueable. Esa es una muerte sin esperanza, porque para Abraham, aunque todos son «descendientes» (τέκνον), los invitados de honor son los indigentes, los olvidados por ser de condición miserable.
También ahora es cuando aparecen los hermanos del rico. Son cinco, número que hace alusión al Pentateuco, a la Ley, de la cual los fariseos se declaran observantes. Quiere evitarles el mismo fracaso a sus hermanos fariseos, por eso pide que Lázaro vaya a ellos. Pero Abraham los remite a la «Ley y a los Profetas», es decir, a la alianza con el Señor que los rescató de la miseria (Moisés), y al insobornable reclamo de justicia hecho por los profetas frente a los ricos y a los gobernantes. El rico insiste en un prodigio, que un muerto se les aparezca, Abraham persiste en que, si no escuchan el reclamo de Moisés y los profetas, ningún portento los hará rectificar. La afirmación tan tajante de Abraham («si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se dejarán convencer ni aunque uno resucite de la muerte») tiene presente el hecho de la resurrección de Jesús.
Los fariseos a quienes se dirige Jesús eran «amigos del dinero» (Lc 16,14), ya tenían el «consuelo» en sus riquezas (cf. Lc 6,24); por eso ignoraban a los indigentes y se desentendían de su suerte. Esto significa que eran infieles al Dios del éxodo («Moisés») y del reino («Profetas»).
 
Muchas personas, cuando han padecido la experiencia de sentirse «al borde de la muerte», han cambiado radicalmente su concepción de la vida y han dejado aflorar su humanidad reprimida. Algo semejante les ha sucedido a otros ante la perspectiva de perder a un ser querido. Pero no es necesario que eso se dé para permitir que en nosotros cause impacto el reclamo de justicia y solidaridad que gritan sin palabras tantos seres humanos, cuya presencia denuncia y condena el egoísmo, el lujo y la insolidaridad de esta sociedad que se acostumbró a mirar con indiferencia el sufrimiento ajeno. Es preciso entender que la omisión de la misericordia es tan culpable como la comisión de la injusticia.
Es una experiencia comprobada: los muchos milagros que –con aprobación eclesiástica o si ella– se reportan por doquier no logran despertar la sensibilidad humana en favor de las víctimas del abandono. Lo que se necesita es escuchar el mensaje de Jesús; basta solo su mensaje. Acogerlo en la eucaristía y apropiarnos de su entrega es suficiente para cambiar ese mundo injusto.
Feliz día del Señor.

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